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Ernesto Alterio: “Todavía me siento como ese chaval que ganaba trescientas pesetas”

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Ernesto Alterio en Gijón
El Premio de Cinematografía Nacho Martínez de este 57 FICX fue a parar a las manos de Ernesto Alterio. El actor hispano-argentino, agradecido por recoger el mismo galardón que el año pasado obtuvo Juan Diego, compareció ante los medios junto a Alejandro Díaz Castaño.
La distinción anual, reconocedora de los méritos de toda una carrera interpretativa, lleva el nombre del actor asturiano fallecido en 1996. Alterio, que en aquella década comenzaba su trayectoria, tuvo tiempo de coincidir con él ese mismo año en Mi nombre es sombra (Gonzalo Suárez), aunque sin ocasión de compartir ninguna escena. Por aquellos tiempos lo consideraba “un referente”, en especial por el impacto que tuvo en él su trabajo en Tasio (Montxo Armendáriz, 1984). El premio le ha permitido ahora regresar con “especial ilusión” a un festival al que confiesa tener “mucho cariño”, siete años después de haber sido jurado de Sección Oficial en 2012. También a una región, Asturias, que lleva dentro desde que en la serie Vientos de agua (Juan José Campanella, 2005) diera vida a un minero de los años 30. Un papel cuya preparación le llevó entonces a vivir quince días en la cuenca, “caminando con la boina calá”.

Hijo del legendario actor argentino Héctor Alterio, Ernesto confesó que al principio rechazaba la idea de heredar esta profesión. “De pequeño veía a mi padre besar a una actriz en televisión y le pegaba patadas, no lo podía entender”. Sin embargo, aunque por un lado “no quería saber nada de eso”, por otro “siempre estaba jugando al teatro”. La figura de su tía Norma Bacaicoa, directora de teatro, acabó siendo la clave para decidirse a “expresar ese deseo”, al ver una obra suya. A partir de entonces entró en un grupo de teatro, Ración de Oreja, que por fin le permitió “verbalizar lo que sentía”. Y tras la revelación comenzaron a llegar películas como Los años bárbaros (Fernando Colomo, 1998), en la que compartía protagonismo con Jordi Mollá. “Acababa de verlo en La buena estrella (Ricardo Franco, 1997), que me había impactado, y estar allí fue muy especial”. A propósito de la trayectoria híbrida que comenzó a partir de ahí, desarrollada como tantas entre tres medios artísticos, el actor asume que entre sí “son muy diferentes”, aunque en todos “hay que actuar, ponerse frente a otro y encarnarlo”. Sin embargo, reconoce que el teatro, donde empezó, sigue siendo hoy especial para él por “la experiencia en vivo”, algo en particular fundamental “en estos tiempos de inmediatez”. Mientras, del cine destacó “el poder de la imagen”, y de la televisión “desarrollar un personaje con un largo recorrido, a través del tiempo”.

Hoy, todavía sintiendo tener “todo por hacer”, como si aún fuera “ese chaval que ganaba trescientas pesetas”, su carrera no da un respiro. En los próximos meses lo veremos en proyectos tan diferentes como un debut, Orígenes secretos (David Galán Galindo); un regreso, el de Achero Mañas con El mundo normal; o la miniserie de Netflix Alguien tiene que morir (Manolo Caro). Alterio reconoció que, con esta clase de plataformas, el escenario “está cambiando”. Y, aunque a favor de su presencia, porque “la vida es cambio permanente” y esto pueda “revalorizar la experiencia humana de la sala”, también afirmó sentir “miedo” a que el cine amenace con convertirse “en una fábrica de churros”.

Contra esa idea, dentro de este 57 FICX presenta en una sesión especial Ventajas de viajar en tren (Aritz Moreno), película que definió en tono apasionado como “una apuesta muy valiente por parte de su director”, y más “en estos tiempos de tanto cine a la carta y algoritmos”. Recién estrenada en las salas del país, su aparición dentro del panorama actual viene a confirmarle “que no todo está perdido”. Su único pase en el festival, mañana sábado a las 22:30 en el Teatro Jovellanos.

Sergio de Benito
Palabras clave Festival de Cine